La gracia de quererse a uno mismo

Y de nuevo, pongo los dedos en el teclado y comienzo esta retahíla de pensamientos que a trancas y barrancas sintetizo en unos pocos parágrafos, fruto de esta inspiración anárquica que ni yo misma logro entender. Aunque pido al lector, sin embargo, que comparezca este desorden mental que llevo encima y trate de sonsacarle el mínimo sentido a mis palabras.

Esta vez vengo a hablar de la autoestima, centrándome en el efecto que tienen los demás sobre ésta.

Ojalá ninguno oigamos jamás algo que pueda herirnos. Tengo mucha fe en la humanidad, créeme, pero nada parecido ocurrirá por muchos años que pasen. Nadie es tan considerado como para estar pendiente de que todo lo que dice y hace es beneficioso para todo el mundo. Las personas nos apoyamos y nos descuidamos entre nosotras continuamente. Es un hecho. Y hay que convivir con ello. Hasta ahí todo bien.

El problema se encuentra en que la vida no está hecha para sensiblones. Así de simple. Todos podemos tener días más apagados, vidas no tan afortunadas, pero siempre hay un camino por el que avanzar, por mucho que nos manchemos para encontrarlo. Pero para ello, hay que ser capaz de mantener la cabeza alta, anteponerse a las críticas y a lo que piensen los demás de nosotros.

Todos somos seres humanos, y todos valemos lo mismo. Nadie es ni mejor ni peor que nadie, sea como sea, haya hecho lo que haya hecho. A muchos de nosotros, en contraposición a lo que podríamos imaginarnos, eso se nos pasa por encima. Ya sea para bien o para mal. Y en épocas tan confusas como la adolescencia, donde el sendero es todavía demasiado estrecho como para llamarlo camino, nos cuesta pensar y actuar con seso. No siempre, por supuesto, pero muy a menudo.

Ver a un chico o chica con la autoestima por los suelos es de lo más triste que hay. Y lo peor es que ocurre continuamente. Los adolescentes tienen la fama de dar demasiadas vueltas a sus relaciones con los demás, de dar demasiada importancia a comentarios estúpidos de sus amigos o compañeros de clase. Esto es algo que la madurez se lleva a lo largo de los años, pero que mientras tanto, supera a muchos de nosotros.

El remedio es sencillo. Más de lo que parece. Solamente hay que aprender a cuestionarse si aquello que nos molesta es un factor verdaderamente significante en nuestras relaciones con los demás, en nuestro modo de ser. Y la respuesta, por mucho que nos cueste reconocerla, será un no. La raza, el peso, la altura, las facciones. Tal vez tengas algo que resalte de tu cuerpo, que te haga distint@ a los demás, y que tú veas como una inferioridad. Déjame decirte, entonces, que aquello que tienes es parte de ti y de tu personalidad, y que sea como sea, no es malo.

En el momento en que seamos capaces de convertir nuestros complejos en fortalezas, sabremos que hemos dado un paso enorme en nuestro crecimiento como humanos.

Pongamos de ejemplo a una chica con sobrepeso. Hace deporte, come sano, pero por mucho que se esfuerza no logra bajar más de peso. Su constitución, en parte, también influye. Esta chica tendrá dos opciones:

  • A. Tener una actitud de rechazo a sí misma, evitando establecer relaciones estrechas con los demás, comportándose distinto a cómo ella es en realidad teniendo como objetivo gustar al resto. Vistiendo con complejos, enseñando menos de lo que le gustaría, con miedo a que la gente se fije en su cuerpo.
  • B. Comportarse con seguridad en sí misma y en su cuerpo, dándole al mundo la oportunidad de contemplar aquello que la hace imperfecta, humana. Viendo sus curvas como algo único y especial en ella, y convirtiéndolo no en su punto débil, sino en lo mejor que tiene.

Si entonces pensamos cuál de las dos chicas tendría más éxito en sus relaciones externas, cuál de las dos nos caería mejor, la respuesta está en la segunda. Tal vez hayas escuchado antes esto:

El primer paso para gustar a los demás es gustarse uno mismo.

Por tanto, lo único que quiero decir es que no hay necesidad de cambiar si lo que queremos es gustarnos a nosotros mismos, y cuando seamos capaces de hacerlo, el mundo también lo hará.

Así que, por favor, si conoces a alguien a quien podría interesarle esta entrada, compártela. Creo que ya he dicho todo lo que tenía que decir, si crees que hay algo que no he abordado sobre este tema, házmelo saber en los comentarios.

La magia del egoísmo – Jirafa en cursiva

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